EL DÍA QUE CONOCÍ A JUAN PABLO II

Publicado en por Instituto de los Andes

 

Por: Jaime Ariansen Céspedes

 

Siempre he sido profesor y durante muchos años estudie pedagogía para aprender como enseñar mejor. El tiempo de preparación y la experiencia me permitieron desarrollar algunas propuestas especificas para la realidad peruana.

Siendo Decano de la Facultad de Ingeniería Industrial de la Universidad de Lima, en la década de los ochenta, me invitaron a dar clases a un grupo de profesores de colegios religiosos sobre los nuevos sistemas de enseñanza.

La excelente química que se establecí con mis jóvenes alumnos - monjitas y sacerdotes - me hizo disfrutar en grande de estos cursos y cada año esperaba el verano para repetir este encuentro académico como algo muy gratificante para mi vida personal y espiritual.

Esta es la explicación, del porque un día a principios de mayo de 1988, encontré en el escritorio de mi oficina una hermosa invitación - firmada por el Cardenal Juan Landázuri Ricketts - para asistir al encuentro de Fé que ofrecería el Papa Juan Pablo II en el Seminario de Santo Toribio durante su estadía en Lima.

Se trataba sin lugar a dudas de un privilegio muy singular y yo sabia que de una u otra manera mis alumnos de esos cursos de verano habían sido los promotores de esta exclusiva invitación.

Esperé con mucha expectativa ese inolvidable 15 de mayo de 1988, todo había sido planeado muy rigurosamente, nos entregaron varios pases con foto incluida para acceder por avenidas con transito restringido hasta el mismo Seminario de Santo Toribio.

Por supuesto, que fui uno de los primeros en llegar. Mi sorpresa fue mayúscula cuando uno de mis alumnos me acompaño al lugar que me habían asignado, mi nombre estaba en una silla en la orilla del pasaje por donde entraría el Papa y situado a no más de 20 metros del estrado donde pronunciaría su mensaje, mejor ubicación imposible.

Conforme iban pasando los minutos y se llenaba la sala, crecía mi expectativa y por alguna razón o circunstancia una completa espiritualidad se apodero de todo mi ser y me mantuvo en el más absoluto silencio e inmovilidad.

Los cantos que anunciaron la entrada del Sumo Pontífice fueron la cumbre de ese momento tan especial, todos los ojos puestos en él, los corazones latiendo al compás de las sacras melodías y cuando se realizo el contacto visual sentí una maravillosa tibieza de paz que se extendía en todo el ambiente.

Una vez el Papa instalado en su trono, se escucharon largos y emocionantes minutos de aplausos en los que pude notar que no solo yo, sino muchos a mí alrededor lloraban de alegría, es una imagen que nunca podré olvidar.

Al escribir estos recuerdos aparecen nítidos, imborrables, su mirada serena y clásica voz...  “Distinguidos participantes en este encuentro, sean mis primeras palabras de esta tarde expresión de mi viva satisfacción por encontrarme en Lima con ustedes...” sentí que sus palabras eran realmente  un mandato para mí, el Papa me indicaba expresamente la misión que debería tener como maestro y lo importante que era impartir cultura y fe para el bienestar de los pueblos.

No se si he logrado alcanzar la promesa que le hice en esos momentos, pero si es cierto que me he esforzado al máximo, cada minuto de mi vida la he dedicado a mi familia, a mi patria, a mi religión, a mis alumnos... ese documento de compromiso, de vida,  quedo sellado para siempre cuando toque su mano y pude dar un beso en su anillo de pontífice.

Hoy primero de mayo del 2011, en el día de su beatificación, estoy seguro que este santo padre nos bendecirá desde los altares, con pétalos de rosas e incienso de dulzura. Siento lo mucho que nos ha querido en la vida y después de ella nos protegerá desde la eternidad, gracias Juan Pablo II.

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